2012/03/16

"La doble vida de los artistas"

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La doble vida de los artistas

Escritores, actores o cantantes famosos antes de saborear la miel del éxito se vieron obligados a desempeñar oficios mal pagados y poco creativos. Pero estas experiencias duras les ayudaron a descubrir su vocación y les inspiraron su faceta artística

ES| 02/12/2011 - 08:16h

Los más afortunados han llegado a firmar autógrafos, pero pocos se acuerdan que antes limpiaban lavabos, sudaban en una cadena de montaje, atendían mesas y hasta enterraban muertos. De intelectual o artístico, nada. La historia (y el presente) lo demuestra: los iconos culturales y creativos, antes de ser considerados como referentes de su sociedad o su tiempo, en sus años mozos se vieron obligados a desempeñar oficios poco cualificados o seguir a rajatabla el horario de una oficina. Los artistas también pueden ser currantes. Una doble vida que poco tiene a que ver con su vocación.

Se acaba de editar un libro muy documentado, titulado Trabajos forzados: los otros oficios de los escritores (ed. Impedimenta), de la profesora italiana de literatura Daria Galateria. La obra, en particular, se centra sobre el pasado rocambolesco de los escritores. Hace no tantas décadas quien quería vivir de la escritura tenía que ingeniárselas con algún trabajillo que le permitiera mantenerse. Incluso en contra de sus inclinaciones o de su voluntad. Jacques Prévert, escribió en 1917: ”No duraba en ningún trabajo. Durante la adolescencia no conseguía acostumbrarme a ninguno”. O lo que decía Bruce Chatwin: ”La idea de tener un empleo me horroriza. La independencia es algo muy frágil”.”Para algunos artistas esta vida anterior llegó a ser una tragedia, pero para otros fue una fiesta. Por lo general, los que estaban obligados a trabajar elegían empleos que les dejaran tiempo libre o simplemente la cabeza despejada. Y todos, casi todos, se quejaban de lo duro que era la escritura, peor que cualquier otro oficio”, explica Galateria.
En contra de lo que se piensa, esta vida anterior hecha de trabajos precarios o rutinarios puede condicionar y marcar la sucesiva etapa artística incluso de forma positiva. Ocurre, en el caso de los escritores, cuando su obra llega a tener tintes autobiográficos. ”Normalmente, las horas perdidas con los trabajos alimenticios trabajan subterráneamente, y al final casi siempre afloran en las obras maestras de los escritores”, afirma esta profesora. Los empleos más corrientes no son poco interesantes para la escritura. André Malraux pensaba que para crear, como para hacer política, era necesario conocer la naturaleza humana. De hecho, reprochaba a De Gaulle ”no haber comido con un fontanero en su vida”. Melville escribió Moby Dick después de navegar en un ballenero y Joseph Conrad usó su experiencia de marinero para escribir sus obras más conocidas, desde La línea de sombra hasta El corazón de las tinieblas. Maksim Gorkij aprendió a leer mientras limpiaba barcos que navegaban en el río Volga: el cocinero le pasaba los libros y al descubrir a Gogol... ¡decidió hacerse escritor!
Si hablamos de otras artes, también ocurre lo mismo: el pasado de currante es un aprendizaje indispensable y fructífero. El humorista Miguel Noguera, antes de colaborar en La Sexta o de llevar por España su espectáculo teatral Ultrashow, trabajó durante un tiempo como operador telefónico en servicios de asistencia por carretera, además de camarero y retratista. No reniega de este periodo, sino todo lo contrario. Forma parte de su recorrido como artista. ”Necesitaba dinero y lo compaginaba con estudios de Bellas Artes. Esta etapa está ahí. Todo el material de mis creaciones se basa en la vida real y parte de las ideas también proceden de aquel mundo, es inevitable”.
Incluso los empleados cualificados o de más caché llegan a ser fuente de inspiración. Galateria cita el caso de Guillaume Apollinaire, que trabajó en un banco. La entidad quebró casi de inmediato, ”pero sus trayectos atravesando París, de vuelta de la sucursal de la Chaussée d’Antin, y sus otros recorridos de trabajo y de vagabundeo, dieron lugar a poemas que pusieron los cimientos de la poesía del siglo XX.” T.S. Eliot, que era empleado en una entidad financiera, adoraba los números y era un contable excelente. “La poesía nunca me fue de gran ayuda para hacer carrera en un banco; lo contrario, sí”, dijo. Y en años más recientes, destaca el caso del escritor italiano Dino Buzzati. Se aburría en la sección de cierre de un diario esperando noticias que nunca llegaban: esta situación le inspiró para escribir su obra maestra, El desierto de los tártaros, en la que la anunciada invasión del enemigo… nunca llega a producirse.
Los grandes creadores son precisamente aquellos que son capaces de aprovechar sus experiencias. Por ejemplo, el director de cine Quentin Tarantino trabajó durante años en un videoclub: se construyó una reputación de cinéfilo, que le sirvió en el momento de rodar. En efecto, sus películas constituyen un homenaje a los muchos géneros que vendía en la tienda. Todo sirve y de todo se aprende: una estrella de la gastronomía como Ferran Adrià se inició como friegaplatos en Castelldefels. “No me trataron ni bien ni mal: ¡no existía! Aprendí entonces que el equipo lo formamos todos. Por eso hoy mi friegaplatos es uno de los miembros de la fundación de El Bulli”, dijo en una reciente entrevista.
Hay incluso quien nunca quiso dejar su empleo pese a haber alcanzado el éxito como creador. Voltaire sostenía que era “imposible ocuparse de la cultura sin tener una buena base económica”: para él, era una cuestión de “libertad intelectual”. Georges Perec, ya en la cuarentena, ganaba premios literarios pero no tenía la intención de abandonar su empleo de documentalista en un laboratorio médico. “Pensaba que si para un escritor era peligroso hacer carrera en otra profesión, todavía era peor depender de la escritura para vivir”, recuerda Galateria. Emblemática es esta frase de Saint-Exupéry: “¿Yo escritor? Me lo pregunto; mi verdadero trabajo es pilotar aviones”. ¿Y qué decir de Kafka? Fue agente de seguros toda la vida. “Tal vez algún día tenga que volver a trabajar como operador telefónico. Hoy en día no te puedes fiar”, reconoce Miguel Noguera. “Yo tuve suerte: mi arte consiguió entrar en el circuito de producción cultural. Si no hubiera pasado esto a lo mejor seguiría ahí”, reconoce este humorista. “Mi objetivo era ser funcionario. No me parece mal, incluso para un creador, porque hay que intentar producir aunque se tenga un trabajo gris. Es más: de alguna manera eres más libre. Esto no impide que, de repente, una creación tuya conecte con el público”, dice.
También se han dado casos de creadores que abandonaron su faceta artística para replegarse hacia una vida más tranquila y a un empleo convencional. Vivir una vida normal, como el resto del mundo. En sus últimos años, Tolstoi dejó la escritura para retirarse en una aldea de Rusia y trabajar como zapatero. A Charles Bukowski, que fue empleado más de una década como cartero, la escritura le llegó a agobiar. Dijo una vez que “es más fácil trabajar en una fábrica que escribir: allí no hay tanta presión”. Italo Svevo lo hizo todo al revés. Tras publicar novelas, abandonó su carrera literaria para convertirse en empresario de pinturas para barcos. Según cuenta Galateria, el escribir tan sólo una línea le quitaba energías para toda la semana. Y si cambiamos de esfera artística, hay que hablar del guitarrista de Queen, Brian May. Una vez fallecido el líder Freddy Mercury, decidió abandonar la música, la vida bohemia y las giras para dedicarse a la investigación. En la actualidad es astrofísico en la Universidad Liverpool.
En España el caso más reciente de esta doble vida es el de David Monteagudo. Trabajó en una fábrica desde los 20 años hasta los 47, primero de soldador, luego como herrero, hasta que su libro Fin (Ed. Acantilado) lo llevó en el 2009 a la cumbre del éxito literario. Desde hace dos años trabaja como escritor a tiempo completo. Acaba de sacar un nuevo título, Brañaganda, que apunta a convertirse en otro superventas. “Yo siempre he sido un currante, aunque luego en casa tengo una biblioteca de 1.000 libros. Lo mío era un oficio duro, pero que me permitía no llevarme el trabajo a casa, para poder desconectar”. ¿Fue tiempo perdido? En absoluto. “Se dijo que mis personajes en Fin eran grises, infantiles. Pero porque me inspiré en las conversaciones de mi entorno cotidiano. Yo no frecuenté talleres o tertulias literarias, sino que en el libro reflejé la mentalidad que veía a mi alrededor”, explica.
Laura Borràs, profesora de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada en la Universitat de Barcelona, hace notar que la situación de los artistas ha cambiado a lo largo de la historia. “En la antigüedad había un mecenas que los financiaba. Muchas obras eran por encargo”. Y sí: Miguel Ángel trabajaba para los papas. Incluso Shakespeare contaba con el apoyo de una figura en la sombra cuya identidad permanece todavía hoy en el misterio. “El arte tenía entonces una reconocida función social. El problema ahora es que, por ejemplo, la literatura se percibe como un mero postulado estético, que procura placer, pero que no es algo útil. Se reduce a algo que los autores ‘hacen… además de’. Hoy en día, a no ser que ganen algún premio literario, son muy pocos los que viven de la literatura”, constata Borràs. “El siglo XX fue una época pobre en mecenas, tanto institucionales como particulares. Los artistas tenían que espabilarse”, señala, en la misma línea, Galateria. “Hoy el nivel de vida ha mejorado, pero las ocasiones para trabajar son menores, con lo que el panorama no ha cambiado demasiado”.
Pero tal vez sí algo ha cambiado. En la actualidad, quien quiera aspirar a una carrera más artística no está obligado a tocar el lado más oscuro de la realidad laboral o no tiene por qué desempeñar trabajos forzados. Existen escuelas de formación, talleres y otro tipo de recorridos que son más coherentes con el proyecto personal que se quiera emprender. “Lo más deseable es que desde el principio una persona se dedique a su profesión. Pero reconozco que no siempre es posible desarrollar sus capacidades en el ambiente idóneo, a veces no es factible. Y según que oficio, tienes que comer”, sostiene Yolanda Gutiérrez, socia del área de Capital Humano de la consultora Mercer. Esta experta reconoce que, pese a todo, los trabajos poco cualificados pueden aportar algo, también a nivel de currículum.
“Ahora se valora mucho la capacidad que tiene un candidato para afrontar situaciones complicadas, el hecho de haber trabajado en equipo, tener una buena aptitud”. Eso sí: sin abusar. “Puedes vivir experiencias laborales poco relacionadas con tu vocación a corto plazo, pero has de mantener tu visión en el largo plazo. Porque si dedicas mucho tiempo a estas tareas, entonces se te puede acabar olvidando cuál es tu auténtico objetivo en la vida”, alerta Gutiérrez. Monteagudo está de acuerdo con esta tesis. “Si el trabajo en una fábrica es un empleo puntual, es una cosa. Una experiencia breve hasta te puede ayudar a afianzarte en tu vocación: te dices ‘esto no es para mí’. Pero si te quedas mucho tiempo es todo más complicado. Porque al cabo de los años, es difícil cultivar la vida interior y salir indemne. Las mezquindades te acaban arrastrando y ciertos empleos te empobrecen culturalmente”.
¿Hay que compaginar las inquietudes creativas con trabajos más corrientes, como hicieron a lo largo de la historia muchos intelectuales? “Casi todos los artistas tienen una vocación muy fuerte. Quién tiene en la cabeza músculos de artista lo sabe. Sólo ha de mantenerlos en ejercicio”, sostiene Galatiera. “Lo más importante es tener ganas de hacer cosas, no importan que sean remuneradas o no. Esto es fundamental para la vida creativa”, asegura Noguera. Según Borràs, “toda creación es fruto de una pulsión personal. Uno nunca sabe cuándo va a ser el momento. En la vida tenemos un tiempo asignado, hay que procurar hacer lo que a uno le gusta, pese a que no tenga consideración social. No hay que renunciar a escribir por la noche, si hace falta. Esta debe ser nuestra venganza… ¡contra la incomprensión!”. Monteagudo ha consumido su venganza, pero sin remordimientos. “Yo valoro mi vida anterior en la fábrica, porque los logros que he conseguido gracias a la escritura tienen otro sabor. Cuando en la feria de Sant Jordi me pasé el día entero firmando libros alguien me dijo que esto ‘era duro’… Pues no, duro es estar en la cadena de montaje. No hay que olvidar todo lo que has vivido”.